Ryszard Kapuscinski

Elena Poniatowska

La muerte de Ryszard Kapuscinski

“Con el apellido que tienes no te voy a dar una entrevista hasta que no hables polaco”. “Entonces no me la vas a dar nunca, porque el polaco es un idioma endiablado que además se declina como el latín”. A Ryszard Kapuscinski le molestaba que no supiera sino cuatro palabras, pero me sonreía. Durante su vida trató a la gente como si a la vuelta de la esquina fuera a caer muerta y jamás volvería a verla. Al sentirse valorada, la gente despepitaba con toda confianza su historia de vida. Kapu escuchaba con respeto, con cuidado, con cariño porque era un hombre lleno de compasión humana. Así deberíamos ser los periodistas. En Nueva York lo vi por última vez en el encuentro internacional del Pen Club. Salman Rushdie lo apreciaba mucho y dijo que Ebano (que en Francia obtuvo en 2000 el premio al mejor libro) era una deslumbrante mezcla de reportaje y arte, y que era para él el libro más logrado del gran escritor polaco, “una obra maestra”. Los periódicos Die Zeist y Frankfurter Allgemeine Zeitung lo aclamaron y consideraron el más grande periodista de la actualidad. En Nueva York, escritores de la talla de Paul Auster, Margaret Atwood y Breyten Brettenbach lo consideraban su par y lo buscaban para dialogar con él.
Nacido en 1932 en Pinsk, Polonia, a los 13 años se mudó a Varsovia y en los años 50 la agencia de prensa polaca no se dio cuenta que al enviar a ese muchachito carirredondo, rubio y sonriente como corresponsal a Medio Oriente, Africa y América Latina, forjaba a un nuevo Marco Polo, pero esta vez del periodismo, porque Kapuscinski jamás dejó de viajar y de apasionarse por los pueblos de la tierra. El único continente al que no le dedicó su vida fue a Oceanía.
La italiana María Nadotti, de Línea d’Ombra, organizó en Milán, en noviembre de 1994 para el congreso Ver, entender, explicar: literatura y periodismo en un fin de siglo, un diálogo entre John Berger y Kapucinski. Mi amiga María fue la moderadora. El inglés y el polaco se querían entrañablemente porque tenían mucho en común y no quiero pensar en lo mal que la ha de estar pasando John Berger. Ese diálogo fue tan notable que después se recogió en un libro: Los cínicos no sirven para este oficio (sobre el buen periodismo). “Hoy, para entender hacia dónde vamos ­sostiene Kapuscinski­ no hace falta fijarse en la política, sino en el arte. Siempre ha sido el arte el que, con gran anticipación y claridad, ha indicado qué rumbo estaba tomando el mundo y las grandes transformaciones que se preparaban. Es más útil entrar en un museo que hablar con 100 políticos profesionales. Hoy día, como el arte nos revela, la historia se está posmodernizando. Si le aplicáramos a ella las categorías interpretativas que hemos elaborado para el arte, quizá lograríamos desentrañarla mejor y tendríamos instrumentos de análisis menos obsoletos de los que, generalmente, nos empeñamos en utilizar”.
Muchos mexicanos quisimos al mejor de todos nosotros, los reporteros. A Pablo Espinosa, quien le hizo una excelente entrevista para La Jornada, le dijo que una mala persona nunca puede ser buen periodista y lamentó que los medios estén cada vez más en manos de comerciantes. Hombre sencillo si los hay, Kapuscinski nunca buscó el reconocimiento y menos el lujo. Compartió siempre las condiciones de vida de sus entrevistados y como éstos no tenían para comer, el no comía; como dormían en el suelo, él dormía en el suelo; como no tenían agua, él pasaba sed. En Africa hizo largas colas entre niños (porque los niños eran los encargados) para acarrear el agua. Aguantó granizadas e insolaciones, viajes en camiones destartalados y en trenes atiborrados y malolientes en la India; fue pobre entre los pobres. Nos deja el ejemplo de un periodista como ya no los hay, un hombre que ejerce su profesión como uno más, desprendido de todo, de vuelta de todo, al servicio de todos.
En marzo habría cumplido 75 años (era dos meses mayor que yo). Decía que la nuestra no es una profesión para egoístas. Nos descubrió Africa, el continente que en cierta forma se nos parece, porque aunque no somos negros nos ha ido negro. Insobornable, traducido a muchos idiomas convirtió en libros sus grandes reportajes y los volvió literatura.
Su libro sobre el emperador de Etiopía, Haile Selassie (que parecía una pasita que camina, lo vi cuando vino a México y caminó todo dado a la tristeza por la avenida Juárez), es un clásico, como lo es su texto que nos toca de cerca sobre La guerra del futbol.
¿Quiénes se aproximaron a su talla? Desde luego Walter Lipman, en Estados Unidos. En México, gracias a la Virgen de Guadalupe, tenemos a Julio Scherer, Carlos Monsiváis, Vicente Leñero, Jaime Avilés (que saben moverse en los cinturones de miseria y en el hacinamiento de los miserables), Blanche Petrich y a la mujer que hizo el mejor reportaje sobre el subcomandante Marcos: Alma Guillermoprieto. Claro que se me van muchos nombres, seguramente hay otros en México y en el resto del mundo. Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer, es un libro que sale del periodismo como A sangre fría, de Truman Capote, y la obra entera de Tom Wolfe, el padre del New Journalism.
Los humillados de Lima y de Bogotá, los desempleados de la India y de Tailandia, los jóvenes sin oportunidades de Nigeria y Kenia tendrán que buscarse a otro que luche a su lado, como lo hizo Kapuscinki para alcanzar una vida digna.

Obra literaria
– El Emperador, sobre el emperador de Etiopía Haile Selassie.
– El Sha, tema de la época del Sha Mohamed Reza Pahlevi de Irán.
– El Imperio, acerca del derrumbamiento de la Unión Soviética.
– Ébano, considerado por muchos su mejor libro, contiene reportajes ubicados en varios países de África.
– Lapidarium IV, fragmentos de reportajes y pensamientos.
La guerra del fútbol, en que habla sobre diversos conflictos africanos y latinoamericanos. El reportaje que da título al libro narra la guerra que llevaron a cabo Honduras y El Salvador, cuyo detonante fue un partido de fútbol entre las selecciones de ambos países valedero para el mundial de México en 1970.
– Los cínicos no sirven para este oficio, basado en entrevistas y conversaciones moderadas por Maria Nadotti.
– Un día más con vida, donde narra la descolonización portuguesa de Angola en 1975 y sus consecuencias: una guerra civil que asoló la región hasta hace muy poco.
– Los cinco sentidos del periodista, que recoge principios básicos de periodismo, con base en los talleres que impartió en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.
– El mundo de hoy, en el que el autor reflexiona sobre los últimos acontecimientos ocurridos en el mundo tales como el 11-S o el 11-M, así como una especie de autobiografía acerca de lo mucho que ha vivido y sus reflexiones para comprender el mundo en el que vivimos.
– Viajes con Heródoto, publicado en 2006. Obsesionado por cruzar la frontera, la redacción del diario en el que trabaja le envía a la India con el único bagaje de lo que es y un libro, la Historia de Heródoto, el primer historiador griego. Es un libro de difícil clasificación, en el que homenajea a un Heródoto protorreportero, descubridor de algo tan fundamental como que los mundos son muchos.

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