Un mundo habitado… y habitable

Gigantes de concreto sacudiéndose hasta estremecer la ciudad entera, algunas torres pierden incluso sus cúpulas, no todos se percatan del temblor entre el ya cotidiano trajín de la urbe, sin embargo grandes siluetas se tambalean de un lado a otro haciendo caso omiso de la rigidez de su estructura de acero.

Lo que para algunos pasa desapercibido, para otros es todo un acontecimiento que cambia tanto el paisaje citadino, como los días de sus grises vidas. A través de las grietas abiertas, Elena cayó casi sin notarlo a una vida alterna que escapa incluso a la imaginación de muchos. Altos árboles, anchos ríos, extensos campos, conformaban el paisaje que se le presentaba a la vista, todo envuelto en tonalidades rosas, naranjas, azules, como si una ligera bruma cubriera el rededor.

Al dar sólo unos pasos se percató de que los seres que allí habitaban eran si no fantásticos, si muy diferentes a los de la superficie de la tierra, allí todo era antiguo y majestuoso, pero a la vez mas evolucionado y rígido.

Trato de asir con la mirada todo con lo que de pronto tuvo contacto, sin siquiera sentise extrañada, tocó cada superfecie a su mano, sintió cada nueva brisa, rocío y rayos de sol que se ubicaba a sus pies, olió cada nuevo aroma dulce, verde o alado y escuchó los más fascinantes relatos de boca de esos seres multiformes, líquidos como la roca, rígidos como el azul. Supo del Imperio, sus ancestros, su historia, su gente, no hubo guerras solo ‘designios’, no había muertes sólo ‘viajes’, no había enfermos sólo ‘trayectos’, no había sorpresas sólo ‘tiempo’.

Tras unos meses habitando esta vida, soñando este cielo, bebiendo este aire, respirando este suelo, Elena se topó con un pantano de chocolate que parecía mas espeso que los comunes, el vapor que exhalaba dejaba claro tanto la temperatura, como el delicioso sabor que solo ciertos paladares tenían la dicha de disfrutar en esa habitación cegadoramente blanca reservada para la aristocracia del imperio. En él nadaban apaciblemente varias sirenas, morenas como el líquido en el que habitaban y con ojos de avellana irresistibles.

Pero pese a la felicidad que expresaban sus rostros, su nado era una especie de esclavitud resguardada por enormes cocodrilos que con fuertes mandíbulas regresaban al chocolate a aquellos hermosos seres que intentaban abandonar tan impresionante pantano, pues sus colas servían para mantener burbujeante y bien mezclada la bebida de reyes. El redondel estaba rodeado por gárgolas de mármol blanco imponentes y amenazadoras, reflejando el esplendor del que todavía gozaban estas tierras tan antiguas como el propio planeta.

Más allá, casi perdidas en el horizonte las siluetas imperiales retozaban en el césped tras beber su taza vespertina, enmarcadas por el bosque de algodón en donde altos árboles como trigos y espigas se alzaban hasta formar una inmensa pared verde rosado, haciéndola parecer una muralla impenetrable.

Lo apasible del escenario, la tensión del pantano, la sonrisa del bosque, la mirada de las sirenas, el canto de las gárgolas, el vaiven del algodón… la soledad de la habitación, el goteo de la tuberia en la sangre, las llamas que invaden el horizonte, los ojos en los gritos de ayuda, las paredes chocando, cayendo…. la cercanía del viento…. una taza de chocolate.

1 comentario »

  1. rodrigo Said:

    Asu adri!! una elipsis de tiempo de millones de años en un momento en que la civilización se quebranta. Tiene ciencia ficción, tiene esos lugares fantásticos que hay en tu cabecita… y poesía. Qué mente la tuya, que chido cuento.
    La adri es tan chida como Elenita o Alicia.
    Un besote!.


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