A veces…dormía.

El agua hasta los tobillos contrastaba con la comodidad de este hogar construido con los colores, texturas y sabores de una cultura tan extensa, diversa y multilingüe como los pensamientos.

El dorado en el estampado de los cojines rojos, el incienso que perfuma cada habitación, los hermosos tapetes que parecen estar debajo del agua, el olor que impregna la comida puesta al centro de la mesa.  No importan los extraños sonidos generados durante la amena conversación que mantenemos con los anfitriones, los entiendo a la perfección.

La infidelidad es un tema que defiendo como universalmente injusto, para una de las partes al menos, y aunque Amira, sentada junto a su esposo parece estar de acuerdo conmigo, la infiel y el infiel se defienden con uñas y dientes.

El agua es producto de una inundación ‘permanente’, por eso los perros nadan en lugar de correr, por eso también muerden cuando se les abraza. No era mi intención golpearlo contra la mesa, simplemente reaccioné.

Juan Malqueriente (el dueño de la casa y el perro) nos gritó con un ojo a medio desorbitar que salieramos mientras regresaba su mascota a su líquido hábitat. Yo me quedé con la mano mordida, a medio comer y perdiendo el debate a falta de apoyo. No sé porque ella parece odiarme, por más que repaso una lista mental de motivos, ninguno parece suficiente.

Con ‘su mano en mi mano’ y la de ‘él en la de ella’, nos vemos rodeados por los juegos mecánicos, las luces de colores, los sonidos estridentes, la gente enmascarada y festiva.

La sorpresa viene con el anuncio ‘Cuchillos, Asesinos y Ustedes en concierto. Pase: Gratis’. Las piernas apenas alcanzan para la carrera, su mano en mi mano, la de él en la de ella, hasta el lugar que promete semejante espectáculo guajiro en un pueblo como este.

La duda empieza con la poca asistencia al sitio. Entre filas vacias nos movemos frente al escenario, el agua en las rodillas pasa ya desapercibida. Las luces se van, el silencio trasciende hasta la feria, la pesada cortina roja empieza a deslizarse.

Los eternos segundos que toma en abrirse el telón le permiten llegar hasta mi pelo, su aspecto es de escalofrío, su olor putrefacto, su boca sanguinolenta y sus ojos muertos. Sentencia que soy sana y fuerte. Los cuatro ‘su mano en la mía’, ‘la él en la de ella’, intuitivamente nos alejamos unos espacios más.

La luz resulta de pronto cegadora, el escenario empieza a gotear y las siluetas aparecen por fin. Un hombre con ojo desorbitado baila con un perro en los hombros. Dos mujeres rubias con ojos azules, vestidos de flores y el pelo cubierto ofrecen galletas al viento, los violines marcan la tonada de las serpentinas cayendo.

Mientras me inunda la certeza de que la mujer desgranando maíz, sentada en el cojín rojo con estampado dorado nos da la Bienvenida, ‘su mano en la de ella’, ‘la de él en mi mano’, nos abrazamos y los ojos…

Me deslumbra el rayo recalcitrante de sol que se cuela por la cortina entreabierta.  Una taza de café… a veces… dormía.

 

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